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Resiliencia Latina en Tiempo de Pandemia

Resiliencia Latina en Tiempo de Pandemia

HondurasMagazine-Laura en Resilencia Latina durante la Pandemia

Todas las mañanas encuentro a un hombre latino, enmascarado, en una silla de ruedas, vendiendo flores y saludando a los conductores en u n autoservicio en Starbucks. Pese al acecho diario de la COVID-19, y con más de setenta años encima que doblan su espalda, siempre está ahí, puntual a las seis. Lleva sobre sus piernas una bolsa de tela que por ratos descansa en el suelo a su lado izquierdo. Algunos conductores se detienen para comprarle unas flores. Otros le regalan un café caliente —que le ayude a espantar la destemplanza de la madrugada— o algún pastelillo para mitigar el hambre. Don Jesús, como lo bautizaron sus padres antes de abandonarlo siendo un niño de siete años, agradece a los conductores dándoles una rosa roja de papel. Al quedarse solo, saca un termo de la bolsa y lo llena poco a poco con cada café que le han obsequiado. Al terminar, vuelve a su ritual de vendedor y bendice cada auto que cruza su mirada.

Al igual que don Jesús, la gran mayoría de latinos no pueden quedarse en casa para protegerse del coronavirus. Si no trabajan no comen, así de cruda y lamentable es su realidad. Muchos se ven obligados a laborar desde que la noche despierta hasta que el día se duerme. Los vemos ofreciendo ramos de flores a la salida de una autopista o fruta fresca en la calle de cualquier esquina o vendiendo tacos y tamales en una lonchera. Otros realizan trabajos que se consideran “esenciales,” limpian pisos, edificios o pescados, cortan carne, construyen casas, entre otras cosas para ganarse unos centavos. Aunque usan máscaras, la posibilidad de contagio para ellos es más alta que para una minoría de latinos que trabaja de manera remota.

El coronavirus desenmascaró las penalidades ignoradas que golpean a diario a nuestra comunidad latina. Según un estudio realizado por el Centro de Investigación Pew, aproximadamente un “49% de los latinos en Los EE.UU. reportaron que al menos un miembro de la familia perdió su empleo o le redujeron el salario.” Y más trillada aún es la suerte de los latinos indocumentados que trabajan a cambio de un pago que queda al libre albedrío de quienes los explotan y ni siquiera les ofrecen seguro médico. Y no olvidemos la presencia de otras condiciones de salud que son comunes entre los latinos, como la diabetes, la hipertensión, problemas respiratorios y otras que también aumentan las probabilidades de mortalidad. De hecho, el CDC ha reportado que los latinos y los negros conformamos el 51% de las muertes en todo el país. Don Jesús, después de haberle dado a EE.UU. sus años mozos, llenos de vigor, de ilusiones y de buena salud, sigue siendo uno de tantos latinos que se enfrentan heroicamente a estos infortunios. Un día me ganó la curiosidad de saber más sobre él y bajé del carro con mi máscara puesta para saludarlo, guardando distancia.

“¡Buenos días, don Jesús! ¿Qué puedo comprarle en Starbucks?” Le pregunté. “Un pan con pollo y tocino, si puede doñita. ¡Muchas gracias!” Respondió. Al regresar de la cafetería con su encargo, tan pronto se lo entregué, él me bendijo con una mano y con la otra, me regaló tres rosas de papel atadas por el tallo. Comenzó a contarme su historia como si le urgiera descargar un costal de emociones que llevaba dentro. Al menos esa fue mi impresión al principio, pero al escucharlo por largo rato entendí que, para él, compartir detalles de su vida significaba un valioso privilegio de ayudar a otros a reflexionar sobre la suya.

Don Jesús despierta en punto de las cuatro y media de la mañana. Da gracias por otro día y hace unos ejercicios de calentamiento para movilizar sus rodillas y no darse de boca contra el suelo al levantarse. Se viste como puede y sale en su silla que ya casi suelta las ruedas desgastadas de tanto uso por diez años. Mientras hablábamos, se subió los pantalones de cuadros para mostrarme una cicatriz en cada una de sus piernas, exageradamente delgadas. La cicatriz se extendía desde la parte superior a la rodilla hasta la tibia. Daban la impresión de haberse partido en dos largas tiras que fueron tejidas con una aguja de crochet. Pero en realidad, fueron cirugías que acabaron con sus ahorros de 40 años, porque nunca pudo arreglar sus papeles de residencia y no calificaba para un seguro médico.

El Medical de Emergencia solamente cubrió una de las cirugías. Sus piernas no quedaron muy bien por lo que no puede pararse sin antes realizar sus ejercicios matutinos de calentamiento, ni puede sostenerse en ellas por mucho tiempo. Pero don Jesús agradece el poder transportarse de un lugar a otro por sí mismo. Disfruta de sentir la fuerza de sus brazos para rodar la silla y para diseñar por la tarde las flores de papel. Lo que gana con la venta de las mismas apenas le alcanza para subsistir, pero le gusta ser su propio jefe, sentirse dueño de su destino y charlar con la gente.

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La historia de don Jesús nos recuerda la resiliencia que siempre nos ha distinguido a los latinos. Es cierto que la crisis del coronavirus espantó al mundo entero, arrebatándonos el aliento de un golpe. Cada país fue cerrando sus fronteras, sus negocios, sus colegios y demás, hasta dejar las calles mudas y el corazón compungido por la pérdida repentina y abrupta de seres queridos. Pero para nosotros los latinos que migramos desde Honduras, Guatemala, El Salvador o de cualquier recoveco Latinoamericano, con la ilusión en el bolsillo de labrarnos un futuro en EE.UU., la vida es como una rueda en movimiento llena de altibajos. Seguramente lo es también para quienes viven en otros países Latinoamericanos donde la gente sigue luchando por salir adelante. Se nutren de esperanza al salir el alba porque así son los avatares de la vida, a veces nos invitan a reír, a celebrar y a ser generosos, y en otras; a desarrollar la resiliencia necesaria para superar el dolor, el miedo y la incertidumbre. Después de todo, la vida es como un soplo de aire. Hay que respirarla profundo a cada instante porque nada perdura por tiempo indefinido, ni el éxito ni el fracaso, ni la alegría ni la congoja, ni la salud ni los latidos del corazón.

Laura Isabel Figueroa
Fuente: NYC Health,
Fuente: County of Los Angeles Public Health,
Fuente: Health Disparities: Race and Hispanic Origin.
Fuente: Pew Research Center
Por Laura Isabel Figueroa
Autora del libro De la opresión a la liberación
www.lauraisabelfigueroa.com
IG: @lauraisabelfigueroaauthor
Twitter: @LauraAutora
Linkedin: Laura Isabel Figueroa, MBA
Facebook: LauraAutoraConferencist aMotivacional

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